ALIENÍGENAS ANCESTRALES

Teresa nos llamó preocupada. Su voz era apenas un susurro, como si intentara evitar que otros pudieran escuchar lo que tenía que decirnos.

—Necesito que habléis con Juanma. Pero no por teléfono. Proponedle un Skype, o un Zoom; lo que sea. Por favor, hablad con él a través de algo con lo que podáis ver su cara, sus ojos. Creo que se ha vuelto loco. ¡Tengo miedo!

—¿Cómo que loco? ¿Hablamos de Juanma, nuestro Juanma? ¿Os ha hecho daño a ti o a los niños?

—No, no es eso. Creo que ha perdido la cabeza. Por favor, llamadle, y no le digáis que os lo he contado. Lo siento, debo colgar.

Luis fue el primero en reaccionar:

—Escribo un mensaje en el grupo y propongo una quedada esta tarde por Skype a la hora del partido, ¿os parece?

Los demás estuvimos de acuerdo. Los cuatro jugábamos una pachanga al pádel todos los miércoles por la tarde desde hacía años. Ya teníamos esa hora reservada para nosotros así que ¿por qué no seguir compartiéndola aunque fuera a través de una pantalla? No haríamos deporte, pero podríamos echarnos unas risas. Además, así sabríamos qué era aquello que preocupaba tanto a Teresa.

Todos aceptamos la cita de inmediato. Todos menos Juanma.

Eché para atrás el hilo de WhatsApp del grupo y me di cuenta de que, desde que comenzó el confinamiento, Juanma había dado pocas señales de vida. Un monosílabo aquí, un emoticono allá. Poca cosa.

Luis insistió con un nuevo mensaje destinado a Juanma y este, por fin, respondió con un Ok.

Un par de minutos antes de las siete me senté frente al ordenador. Enseguida se fueron abriendo ventanitas en mi pantalla. Luis fue el primero en aparecer, como siempre, perfecto. Parecía recién duchado. Llevaba el pelo un poco más largo de lo normal, pero lo había peinado hacia atrás y sujetado con gomina. Vestía una camisa de cuadraditos en tonos azules perfectamente planchada. Marcos también tenía muy buen aspecto. Para sujetarse los rizos, que ya le caían sobre los ojos, se había colocado una cinta que le rejuvenecía varios años y se había vestido con un polo del mismo tono de verde al de sus ojos. Por un momento me avergoncé de mi apariencia: llevaba tres días sin afeitarme y el pelo tan largo que no paraba de recolocármelo detrás de las orejas. Para colmo, el jersey que me había puesto estaba invadido de pelotillas, aunque dudo mucho que se distinguieran a través de la cámara.

Cuando Juanma se conectó, tuve por seguro que ni Luis ni Marcos iban a reparar en ese pequeño detalle.

La cara de Juanma estaba cubierta por una espesa barba repleta de canas. La llevaba bastante sucia, al igual que el pelo. A pesar de la hora que era, aún no se había quitado el pijama, un pijama lleno de lamparones. Bajo los ojos, extremadamente abiertos, dos surcos oscuros le daban el aspecto de un hombre mucho más viejo que cualquiera de nosotros tres y, para colmo, no paraba de repetir un gesto nervioso con las manos con el que se peinaba las cejas.

—¡Hola, chavales! ¿Cómo va el confinamiento? —dijo Luis después de varios segundos de silencio general.

—Bien, bien —respondimos casi a la vez Marcos y yo.

—¿Y tú, Juanma? No tienes muy buen aspecto.

—Bueno es que… sin quererlo me ha cambiado el ciclo vital. Me cuesta mucho dormirme; lo consigo casi al alba.

—Ya, bueno, pero duermes, ¿no?

—Algo…

—¿Y por qué no pruebas a acostarte antes?

Juanma se mordisqueó los labios y se repeinó las cejas por enésima vez antes de contestar.

—Imposible; no paro de dar vueltas.

—¿Y has probado a engancharte a alguna serie? Si la ves a oscuras, desde la cama, fijo que te entra el sueño —dije, y me sentí estúpido.

—¿Ninguno de vosotros lo ha oído? —preguntó mirando fijamente a la cámara— Yo lo oí por primera vez hace seis días. Me costaba conciliar el sueño. Cada día me dormía y me despertaba más tarde. Como tú dices, Pedro, probé a engancharme a una serie. La veía desde el salón, en pijama y con una manta, por si tenía suerte y caía rendido. No quería molestar a Teresa. El jueves pasado, sobre las 03:30, empecé a escuchar un ruido. Baje por completo el volumen del televisor para distinguirlo bien. Parecía como si cientos de coches se hubieran puesto a circular al mismo tiempo. Me asomé a la ventana y no había nada, ni un movimiento. Solo aquel extraño ruido. Duró unos 30 minutos y después todo se quedó de nuevo en silencio. Regresé al sofá e intenté dormir en vano. Al día siguiente ocurrió lo mismo. A las 03:30, hora exacta, comenzó el sonido. Como si cientos de coches circularan a buena velocidad por una autopista ficticia. De nuevo, la calle vacía. Me conecté a internet y busqué algo que pudiera indicarme de dónde venía aquel zumbido. Me sorprendió comprobar que varias personas, en todo el mundo, habían escuchado lo mismo que yo. Solo en España encontré gente en lugares tan distantes como Teruel o Alicante. Y no solo eso: había quien aseguraba haber visto luces extrañas moviéndose en el cielo. Incluso habían subido vídeos a las redes sociales. Abrí de nuevo la ventana, pero ya estaba amaneciendo y no se escuchaba ni veía nada. ¿De verdad que no lo habéis oído?

Los tres dijimos que no

—El sábado se me hizo eterno —continuó Juanma—. Pasé el día recopilando información. Esperé a que llegara la hora indicada y, a pesar del frío, salí al jardín bien abrigado con el propósito de comprender qué está ocurriendo. A la misma hora de los dos días anteriores comenzó el ruido. Vosotros sabéis dónde vivo, la carretera grande más cercana está a varios kilómetros. Aunque estuviera repleta de coches sería imposible oírlos desde aquí. Al momento comenzaron las luces. Eran pequeñas y revoltosas; se movían sin rumbo. Primero aquí, luego ahí, después allí. De pronto, una de ellas pareció formar un círculo perfecto. Después se acercó y explotó.

—¿Cómo que explotó? ¿Hubo una explosión? —La voz de Luis escéptica.

—Lo tengo grabado. Si no me creéis puedo enviaros el vídeo. De todas formas, mucha gente ha subido los suyos a youtube. Podéis encontrarlos todos ahí, pero daos prisa: los están eliminando. Hay mucha gente que cree que son la causa de este Coronavirus. Que todo esto es, en realidad, una guerra entre China y Estados Unidos y que la estamos sufriendo todos: la tercera guerra mundial.

Ninguno sabíamos qué decir. Juanma abría y cerraba los ojos de manera insistente y no dejaba de peinarse las cejas con los dedos.

Por supuesto yo no le creía. ¿Quién podría creer una historia tan rocambolesca? Pero conocía bien a mi amigo y él no era ningún loco. Además aseguraba tener un vídeo.

—El caso es que en la madrugada del domingo al lunes ocurrió algo más. Creo que, mientras esperaba a que comenzara todo este… festival, me quedé dormido. Cuando desperté el sonido era mucho más fuerte que otros días y el cielo estaba invadido de luces parpadeantes. Entonces me di cuenta: las luces se movían dibujando algo, figuras como los geoglifos del desierto de Atacama y otros lugares, ya sabéis, esos que parecen ser obra de los alienígenas ancestrales.

—Igual tan solo fue un sueño, Juanma. Tal vez el encierro te está afectando demasiado, no sé —dijo Marcos.

—Por fin el lunes pude dormir, lo hice durante todo el día y de una manera extraña. Con demasiada intensidad. Por la noche me encontraba completamente descansado y dispuesto a grabar con mi móvil todo lo que ocurriese sobre nuestras cabezas. Empezaba a pensar que realmente esas luces y ese ruido estaban conectados con toda esta mierda del Covid-19. Y, en efecto, así es.

Se calló durante unos segundos y se sujetó la frente, como si dudara en revelarnos lo que le estaba atormentando.

—Están entre nosotros desde hace siglos. Buscaban un lugar donde establecerse y nuestro planeta cumple con los requisitos básicos para su especie. El problema es la población autóctona, los terrícolas. Durante centenares de años hemos convivido todos juntos sin saberlo. El número de  terrícolas es cada vez menor. La mayoría de alienígenas ni siquiera saben que lo son. Varias veces se han experimentado momentos como este a lo largo de la historia: momentos de destrucción de individuos aborígenes puros. Hemos sufrido guerras, pandemias, catástrofes climáticas… Todo con la única intención de erradicarlos. Y yo… yo os prometo que esta vez es la última. Con este virus conseguiremos, por fin, apoderarnos de La Tierra y hacerla nuestro hogar.

Cortamos la comunicación convencidos de su locura.

Aquella noche, a las 03:30 horas, me despertó un zumbido. Salí de la cama y abrí la ventana. Allí estaban. Las luces de las que nos había hablado Juanma bailaban por el cielo al ritmo de un incesante ruido.

Justo en ese momento comencé a toser.

Vos: Carmen Ramírez (Cadena Dial)