LA BASURA

Desde que empezó el confinamiento nos turnamos para bajar la basura, ¿verdad que lo hacemos? Antes también, pero porque ninguno queríamos bajarla. Siempre poníamos alguna excusa creíble para escaquearnos y quedarnos en casa y al final tenía que bajarla papá. Pero desde que nos prohibieron salir, todos queremos llevar las bolsas de basura hasta los contenedores que hay al final de la calle. De las cosas que permiten hacer esa es la mejor, sobre todo donde vivimos nosotros: una urbanización pegada a un pinar abandonado. El pinar está bordeado por una valla metálica que nos protege, cuando todo está oscuro, de los terribles seres imaginarios que lo habitan por las noches. De un tiempo a esta parte, esos seres terribles somos los de este lado, los que estamos a merced del virus.

Aquella noche me tocaba a mí. Llevaba seis días sin salir de casa. Me coloqué los guantes y la mascarilla y me cubrí con el impermeable desechable. Me esperaban los dos minutos y medio más apasionantes de toda la semana.

Salí del portal y un viento fresco, sin enlatar, zarandeó mi envoltorio. El dron de vigilancia sobre mi cabeza. Bajé los cuatro escalones y me situé junto a la verja del pinar para descender por la calle lo más cerca posible de los árboles. Me hubiera gustado perderme en la oscuridad casi líquida que los baña, Es curioso, la oscuridad ya no nos da miedo. Ni los espacios vacíos. Caminé soportando el peso de las bolsas, una en cada mano. El viento entre las ramas parecía querer marcar el ritmo de mis pasos, ni muy rápidos para no disfrutar del corto paseo ni muy lentos para ser sancionada. Llegué al fondo de la calle en cuarenta y cinco segundos. Giré hacia los contenedores y dejé la verja y la oscuridad a mi espalda, esperándome. Avancé hasta llegar a ellos y pisé el pedal de apertura. Deposité las bolsas en su interior y regresé a mi camino. Entonces la vi. Aferrada al metal de la valla, emergiendo de la negrura del bosque de pinos, la prima Aurora controlaba, al igual que el dron, cada uno de mis movimientos.

¡Te juro que estaba allí! Iba vestida como la última vez que la vimos, con los mismos pantaloncitos verdes que llevaba cuando la recogió la ambulancia. Sí, ya lo sé. ¿Cómo voy a olvidar que la prima Aurora fue el primer caso de muerte por coronavirus en una niña?

Miré hacia el dron sobrevolando mi cabeza. Sabía que, desde su posición, no tenía ángulo con el que enfocar a la prima Aurora. Las luces de su parte inferior empezaron a parpadear, comenzaba el aviso de la cuenta atrás. Solo me quedaban treinta segundos para entrar en casa.

Corrí como si recordara hacerlo. Noté cómo se me aceleraba la respiración y se me agarrotaban los músculos. Aun así conseguí llegar a tiempo. Subí los escalones jadeando. Antes de cerrar la puerta pude girarme hacia la verja. Aún recuerdo cómo me decía adiós con su manita.

Hoy me toca de nuevo bajar la basura.

Voz: Carmen Ramírez (Cadena Dial)