DOÑA PILAR

Eso de que tu madre sea la portera de un edificio antiguo, donde la mitad de los vecinos están muertos o pasan sus últimos días en residencias de ancianos, no está tan mal, sobre todo en época de confinamiento. Lo digo porque guarda las llaves de todos los domicilios, vacíos y llenos, en una cajita de madera oscura que esconde en la última balda de nuestra despensa, y conozco su escondrijo desde mi más tierna infancia.

Nosotras vivimos en la parte de atrás de la portería, en una casita minúscula que no tiene apenas ventilación. Da a un patio trasero donde van a parar las prendas que caen de los tendederos de los vecinos. Mi madre siempre reconoce de quién es cada cosa y, cuando era niña, me obligaba a subir a devolverlas.

Así fue como conocí la residencia de la señora De Ayala, Doña Pilar.

Recuerdo los techos altos y las lámparas de araña. Los muebles antiguos de madera brillante y las alfombras de lana que cubrían el suelo de parquet.

También recuerdo el pánico que me daba aquella mujer, tan recta, tan estirada. Creo que siempre supo la fascinación que me provocaba. Me miraba con cara inquisitiva cada vez que pasaba por la portería. Ven un día a visitarme, niña, me decía.

El miedo aumentó después de que muriera en extrañas circunstancias. Yo era bastante pequeña y no lo recuerdo muy bien, pero debió de ser algo gordo. ¡Vino hasta la policía!

El caso es que siempre le he tenido ganas a esa casa. ¿Por qué no visitarla ahora?

Mamá se ha dormido. Hace ya un par de años que no vivimos juntas, pero no he querido que pasara la cuarentena sola y he regresado junto a ella para hacerle compañía. No es que esté en edad de riesgo, pero los sesenta ya no los cumple.

Ya no recordaba lo pronto que se acuesta.

Camino de puntillas hasta la cocina, arrimo una silla a la despensa, me subo a ella y agarro la cajita de madera.

Ahí está, la llave del 6ªB, la casa de la bruja.

Salgo con sigilo de la portería y subo andando los seis pisos. La caja del ascensor está pegada a la pared de la habitación de mamá y seguro que el ruido la despierta.

Subo casi a oscuras. La única luz que ilumina los peldaños es la del alumbrado de emergencia.

Qué tonta, me tiembla el pulso.

Respiro hondo y consigo, por fin, meter la llave en la cerradura. Pongo el móvil en modo linterna y entro en la vivienda.

Huele a viejo.

Todas las cortinas están echadas y, detrás, las persianas bajadas.

Ahí veo un interruptor. Igual hay luz. Me ha dicho mamá que la hija viene algunas veces, puede que no la haya dado de baja.

Lo pulso y una luminosidad amarillenta invade la habitación en la que me encuentro. Es la salita donde doña Pilar recibía a sus invitados. Todo está en perfecto orden. Una fina capa de polvo cubre los muebles.

Camino por el pasillo con la extraña sensación de que no estoy sola. ¿Eso que acabo de oír es un crujido? Bah, debe haber sido la madera.

Ay, ese olor. Juraría que es el perfume de la vieja.

Abro la puerta de la siguiente habitación, un dormitorio. Enciendo la luz. Es el cuarto de la bruja. La cama está cubierta por una gruesa colcha y, en la mesita de noche, todavía descansa una revista de hace años.

Su última lectura.

¿Qué ha sido eso?

Me parece haber oído unos pasos. No puede ser, es el miedo, aquí no hay nadie más que yo.

Saco la cabeza al pasillo.

Vacío.

Vacío y oscuro.

Sin apagar la lámpara del dormitorio avanzo por la larga galería hasta alcanzar la cocina. Toda nuestra casa cabe en ella. Continúo adelante, voy dejando habitaciones a los lados y llego al salón. Aquí el olor a viejo, mezclado con el perfume de doña Pilar, es aún mucho más intenso.

Me estoy mareando.

¡Otro ruido! Esta vez no me equivoco. Hay alguien en esta sala, lo sé.

Algo resplandece al fondo, parecen unos ojos.

Me miran.

Quiero correr, pero mis pies no me responden.

Te estaba esperando, niña. Me alegro de que por fin hayas venido a visitarme, dice justo antes de que me desmaye.