SÍNDROME DE ESTOCOLMO

Papá no quiere que esto acabe.

Bueno, sí.

Quiere que acabe el Coronavirus y toda esa mierda. Lo que no quiere es volver a su vida de antes, al mundo de antes. Se lo dice a mamá justo después de que el presidente explique por la tele que ya queda menos para levantar el confinamiento.

—Pues yo necesito volver a la normalidad —le dice ella cuando cada uno retomamos nuestra tarea.

—A mí me gusta mucho más esto que la normalidad —responde papá.

—¡No sé cómo puedes decir eso! Pero no te preocupes, el mundo con el que nos vamos a encontrar no se parecerá en nada al que dejamos antes de la pandemia.

—¡Ojalá tengas razón! Aunque intuyo que va a ser mucho peor —dice papá.

Durante un rato largo guardan silencio. Seguro que se han centrado en las pantallas de sus ordenadores, desde las que teletrabajan todos los días. Me concentro en la mía; mis clases de bachillerato son ahora online. Ellos trabajan desde el salón, cada uno en un extremo. Yo desde mi habitación. Con la puerta abierta me entero de todo.

—¿De verdad que no te apetece volver a salir, aunque sea para ir a la oficina? ¿Ni jugar tus partidos de pádel? ¿Ni tomar algo con los amigos? —interrumpe mamá diez minutos después.

Escucho un crujido en la silla de papá. Sé que ha dejado de prestar atención al portátil y se ha recostado sobre el respaldo de su asiento.

—No es eso —responde al fin—. No me apetece malgastar cada día dos horas en un atasco de coches caros y enormes, ocupados, en su mayoría, por un único viajero. No quiero contribuir a vestir de nuevo la ciudad con una repugnante boina negra que, a su vez, provoca que no podamos entrar con esos cochazos que no necesitamos, pero que justificamos de manera enfermiza, al centro de las ciudades donde ambicionamos mostrarlos a los demás y decir ¡Eh! ¡Mira qué cochazo tengo! ¡Soy superior a ti! No quiero compartir caras de lástima, o de sorna, con mis compañeros y jefes cuando alguno de los nuevos se atreva a confesar que viene en transporte público. Ni quiero ver cómo comienzan, cómo comenzamos, a relegarlo, como si fuera un perdedor por no llevar un cochazo enorme que no necesita.

—Esto nos ha cambiado, ya no será así.

—¿Qué no? Te recuerdo que hace dos días me tocó ir al súper y que, a la salida, encontré decenas de guantes desechables usados esparcidos por el suelo. Había tantos que los vecinos de las viviendas cercanas han tenido que colocar un cartel pidiendo que los tiren a las papeleras o a la basura de sus casas. Pero no, a la gente le da igual. Ande yo caliente…

—Bueno, pero tendrás que trabajar. No vamos a vivir del aire

—Sí, lo sé, pero al menos desde aquí no tengo que soportar la prepotencia de los que miran, de los que miramos, por encima del hombro a esos que consideramos por debajo de nosotros porque sus funciones laborales, a pesar de ser imprescindibles, no van asociadas a una alta remuneración. ¿De verdad nuestros trabajos son indispensables para la vida? No, no lo son. Son esenciales para potenciar ese consumismo malsano que nos devora por dentro y nos excluye de esta sociedad enferma si no lo cumplimos a rajatabla. El mundo da prioridad a los que más tienen, a los que más tenemos, a costa del bien común. Es asqueroso. Salimos a aplaudir cada tarde a esa gente que se deja la vida en trabajos considerados no productivos. Los tratamos como héroes, pero en el fondo estamos deseando que vuelvan a ocupar su lugar de mierda en esta sociedad dominada por los que producimos o distribuimos productos innecesarios.

—Cariño, ¿te estás oyendo? Mira a tu alrededor.

—Si por eso lo digo, porque lo sé bien. No me gustaba mi yo anterior y es a ese al que no quiero volver. ¿Recuerdas la última pala que me compré para mi partido semanal de pádel? Una pala que cuesta más de lo que esas limpiadoras a las que aplaudes gana en un mes. ¿O es que solo aplaudes a los médicos? No, ¿verdad? ¿Necesito esa pala?¿La necesito? ¿Acaso no me sirven las otras tres que tengo? ¡Tres! ¡Ni que fuera el campeón del mundo de pádel! No, tan solo soy un tipo que juega con sus amigos dos tardes a la semana. Dos tardes. Tanto dinero para dos tardes… Ahora no le puedo enseñar a nadie esa pala. Ni las zapatillas último modelo que tampoco necesitaba. Con otras bastante más baratas hubiera jugado igual de bien.

—Ay, cariño, me estás preocupando. No digas esas barbaridades. ¿Es que no echas de menos a tus amigos?

—A mis amigos de verdad los sigo teniendo ahora. Y sí, me gustaría poder abrazarlos, tomarme algo con ellos, reírnos cara a cara. Pero me he dado cuenta de que son pocos. Tengo muchos conocidos y ningunas ganas de recuperar esa afinidad ficticia que disfrazábamos de amistad. Ni a ellos les interesaba realmente mi vida ni a mí la suya. Tan solo nos tanteábamos los unos a los otros para retarnos en la obtención de ese estatus de privilegiados. No quiero volver a envidiar lo que otros tienen y menospreciar a los que no pueden conseguirlo. No quiero volver a ese mundo. Me gusto mucho más en este. El mundo está enfermo, y no solo de coronavirus.

—Tú lo que tienes es Síndrome de Estocolmo. No te preocupes, mi vida. En cuanto pase todo esto iremos a los mejores psicólogos, cuesten lo que cuesten. Conseguiremos que se te olviden esas ideas locas. Y luego nos marcharemos de viaje, a donde quieras. Y nos alojaremos en el mejor hotel.

Papá se calla. Enseguida oigo que vuelve a teclear en su portátil.

No puedo evitarlo, yo también prefiero su yo de ahora. El de antes me gustaba muy poco. Tal vez fue por eso que me decidí a intercambiar los libros de nuestras mesitas de noche: Mi Algo va mal, de Tony Judt por su Cómo mentir con estadísticas, de Darrell Huff.

Lo de forrar los libros con papel de periódico para no estropear las portadas mientras los leemos me está siendo muy útil.

Voz: Carmen Ramírez (Cadena Dial)