SAN J.O.R.D.I.

Había una vez un planeta que, de pronto, fue atacado por una horrible bestia.

Los habitantes del planeta no sabían qué hacer. Todos podían caer en las redes de su poderoso atacante: un virus desconocido del que no se sabía lo suficiente como para desarrollar una vacuna eficaz que lo eliminara.

El número de contagiados iba aumentando cada día y muchos morían, así que los gobernantes de los países dieron la orden de que nadie saliera de sus casas con el fin de que la bestia no consiguiera atraparles. Tan solo los que desarrollaban labores necesarias para la subsistencia del resto de habitantes podían salir para ir trabajar. Ellos y los dueños de perros.

Con estas medidas, se dejaron de producir y consumir gran cantidad de artículos, lo que condujo al planeta a una grave crisis económica. Ya no había suficiente gente que pudiera salir de sus casas para recolectar los frutos que los árboles estaban dando, ni suficientes transportistas, ni mercaderes que los vendieran al resto de la población. Los niños no podían salir de casa para ir al colegio a aprender nuevas cosas ni tampoco para jugar. Las tiendas no podían abrir sus puertas ni los oficinistas ir a trabajar a sus oficinas.

Y, lo peor de todo, gran parte del personal médico estaba sucumbiendo al terrible virus.

Una vez más, los gobernantes de los diferentes países se reunieron para buscar una solución, pero no se ponían de acuerdo. Unos decían que las gentes debían quedarse en sus casas hasta que la bestia decidiera marcharse, que probablemente lo haría con las altas temperaturas del verano que se acercaba. Otros decían que la bestia se estaba llevando a las personas mayores y que, aunque era una pena, ya no los necesitaban para el avance de los países. Otros gritaban que esas personas mayores eran quienes les habían enseñado todo lo que sabían y que no querían perder a ni uno más. Y algunos insistían en que se debía salvar la economía cayese quien cayese. A la vez que esto ocurría, cada gobernante ocultaba en laboratorios a sus mejores científicos para que encontraran una vacuna con la que combatir al monstruo y enriquecerse con ella sin darse cuenta de que se necesitaban unos a otros para conseguirla.

Los ciudadanos de ese planeta eran un fiel reflejo de sus gobernantes y, tal y como hacían estos, comenzaron a discutir entre ellos. Como ya no se encontraban cara a cara por las calles, se insultaban en las redes sociales o desde sus balcones. Al principio del confinamiento se asomaban a ellos cada tarde, a las 19:58 en punto, para aplaudir a quienes trabajaban combatiendo al maligno virus, pero ya solo lo hacían para insultarse y amenazarse.

El nivel de caos era tal que decidieron hacer un trato con la terrible bestia para que no arrasara con todo.

—Os escucho —dijo la bestia—. ¿Qué me ofrecéis?

—Si nos permites continuar con nuestras vidas y nuestra economía, nos comprometemos a entregarte diariamente dos animales para que los destroces con tu virus.

—Me parece bien —aceptó la bestia—. Que sean dos ovejas. Y también quiero que eliminéis las barreras de protección de datos personales para controlaros mucho mejor a todos.

Durante muchos meses, cada amanecer, dos ovejas le eran entregadas a la bestia así como los datos personales de toda la población. Durante todo ese tiempo, el planeta se mantuvo en paz aunque sin ningún tipo de intimidad.

Pero llego el día en el que ya no quedaron ovejas que entregar ni datos que compartir.

—¿Qué otro animal o dato quieres? —le preguntaron a la bestia.

—Ahora quiero dos personas cada amanecer. Os dejo que las elijáis de entre vosotros. Si no me las entregáis, cada tarde contagiaré a cientos.

¡Qué gran dificultad! ¿Cómo elegir quién sería devorado por el terrible virus?

Después de varias reuniones, los dirigentes concretaron establecer un sorteo. Introdujeron el nombre de todos los mayores de 30 años en una base de datos. Duplicaron a los mayores de 55 y triplicaron a los que ya habían cumplido los 70. Con esta proporción, la mayor parte de individuos ofrecidos a la bestia ya había tenido la oportunidad de disfrutar diferentes experiencias a lo largo de su vida y se salvaba a los más jóvenes para que, más adelante, pudieran reconstruir el planeta.

Pero llegó un momento en el que los ciudadanos comenzaron a sospechar. ¿Por qué nunca salía en el sorteo ningún dirigente? ¿Por qué ninguno de sus familiares?

Exigieron que los siguientes sorteos se realizaran ante un notario popular y no tardó en aparecer el nombre de la hija, de 38 años de edad, del mayor dirigente del mundo.

Y fíjate tú que, horas antes del sacrificio, el padre de la muchacha decidió compartir sus descubrimientos sobre cómo combatir a la bestia con el resto del planeta, y un grupo de científicos denominado J.O.R.D.I. (Juntos y Organizados Resolveremos la Difícil Investigación), completó la ecuación necesaria para crear por fin la vacuna con la que erradicar al monstruo.

Con sigilo, fueron inoculando gratuitamente el antídoto a toda la población. Así, cuando la bestia vírica se presentó para capturar a sus víctimas, se encontró con la imposibilidad de hacerlo y murió.

Cuenta la leyenda que en el lugar donde se escondía la bestia floreció un hermoso rosal que, además de perfumadas rosas, daba libros en los que se contaban esta y otras muchas historias.

Y, colorín colorado, este cuento se ha acabado.

¡FELIZ SAN JORDI!

Voz: Carmen Ramírez (Cadena Dial)