NIÑOS

—¿Qué vamos a hacer con el niño para que se divierta? Si no inventamos algo, no sé cómo vamos a aguantar esta larga cuarentena.

—Creo que Amazon continúa repartiendo a domicilio. ¿Y si le compramos más juguetes?

Jacobo se acerca a la habitación de su hijo, todavía duerme. Benditos 8 años. Míralo, si parece un angelito. No entiende por qué despierto se transforma en un demonio.

—Es por el TDAH. Su pediatra insiste en que no lo tiene, pero yo estoy segura de que sí —dice Piluca.

—Pues ya podía habérselo diagnosticado. No entiendo cómo deja sufrir así a la criatura, sin darle una medicación que lo apacigüe.

—¡Y a nosotros! ¡Encima Encarni que no viene. Ella es la única que sabe distraerlo.

—Distraerlo y planchar la ropa —puntualiza Jacobo con un puntito de afrenta.

—¡Plánchatela tú! ¿O es que me estás diciendo que te la tengo que planchar yo? ¿Por qué? ¿Por qué soy mujer?

—¡Hey, que yo no he dicho eso!

—Ya, ya… Bueno, tengo una reunión de equipo. Te recuerdo que, al igual que tú, yo también estoy teletrabajando. Por favor, si se despierta el niño, que no entre en el salón.

Jacobo recoge su portátil y se dirige al dormitorio. Trabajará allí. Cuando Piluca se pone en plan jefa no hay quien la aguante.

Aún es pronto. Al niño le quedan todavía, al menos, dos horas de sueño.

La verdad es que está alto, el condenado. No se había dado cuenta de lo rápido que ha crecido. Claro, tanto viaje… A veces no lo ve durante semanas enteras. Cuando llega a casa, el niño ya está dormido y él, agotado. Menos mal que pueden permitirse a Encarni para que lo cuide y lo distraiga a todas horas. Y es una suerte que tenga coche y carnét de conducir, así puede llevarle a todas las extraescolares. Y los sábados por la mañana a los partidos. Gracias a eso Piluca y él pueden dormir, que bien lo merecen.

—Alberto ha metido hoy dos goles —les contó Encarni el sábado anterior a que empezara el confinamiento.

—¿Has oído, cariño? —respondió Piluca— El niño ha metido dos goles.

—Pues tendremos que darle un premio. ¿Qué quieres que te compren papá y mamá? —recuerda que le dijo.

Pero el niño, en lugar de sonreír y agradecérselo, le plantó una patada en la espinilla y se fue corriendo.

Jacobo enciende su ordenador y, durante la siguiente hora y media, se olvida de que tiene mujer e hijo.

Un estruendo. ¿Qué ha sido eso?

Jacobo corre a la habitación del niño. ¿Qué ha montado ahora?

—¿Pero qué has hecho? —le pregunta después de abrir la puerta y ver un millón de fichas de lego esparcidas por el suelo.

—Un puente gigante para escapar.

—¿Y dónde está el puente?

—Lo he destrozado.

Jacobo se muerde los labios. Su mujer tiene razón, este niño es hiperactivo.

—Bueno, hemos pensado mamá y yo que, como este encierro va para largo e igual te has cansado ya de tus juguetes, vamos a elegir algunos de una página web para que te los traigan a casa. ¿Qué te parece?

Jacobo sonríe. Espera que el niño se entusiasme, que haga lo que haría cualquier niño normal de ocho años: aplaudir, correr hacia él y llenarle la cara de besos.

Pero no, su niño no es así.

En lugar de eso, su niño empieza a patear las fichas.

¡Uf, que lo aguante su madre!

Jacobo cierra la puerta y regresa a su habitación. Que el niño haga lo que quiera, pero que no moleste.

Dos horas más tarde recibe un mensaje de WhatsApp de su mujer: ¿Nos vemos en la cocina para un café de media mañana? Añade un corazoncito al final en son de paz.

Los dos se encuentran en la cocina. Se preparan un café, sacan unas galletas…

—¿Y el niño?

—Ni idea, en su cuarto lo dejé. Se puso a hacer el bestia, ya sabes…

Se toman el café con calma. Y las galletas.

—Bueno, vamos a ver qué ha hecho ahora.

Con pasos pesados se dirigen a la habitación del niño.

—¿Cómo estás? —pregunta Piluca.

—¡Tengo hambre! —grita el niño.

¡Ostras! ¡Se han olvidado de su desayuno!

—Anda, vamos a la cocina y te preparo algo —dice Piluca.

El niño pasa junto a su padre y camina tras su madre. Antes de seguirlos, Jacobo echa un ojo al dormitorio. ¿Esos rayajos de rotulador verde son nuevos? ¡Bah, seguro que ya estaban!

—Esto no puede seguir así  —dice Piluca por la noche, cuando el niño se duerme—. Tenemos que hacer algo o nos volverá locos. Vamos a establecer turnos para estar con él, ¿te parece? Así el otro podrá trabajar y este salvaje no nos destrozará la casa.

Al día siguiente, el primer turno le corresponde a ella.

Prepara el desayuno del niño y, a las 10:30, lo despierta. Se sienta junto a él a la mesa de la cocina y le pregunta qué quiere hacer.

El niño la mira extrañado: —¿Qué quiero hacer?

—Sí, conmigo. ¿Qué quieres hacer conmigo?

—Jugar.

Piluca solo recuerda cómo se juega al parchís. Echan tres partidas. Oye, pues el niño es bastante listo. ¡Le ha ganado dos!

Y durante ese rato no ha hecho ninguna trastada.

—¿Y ahora qué quieres hacer? —le pregunta Jacobo cuando llega su turno.

—Me regalaste un Scalextic y nunca lo hemos montado.

Cuando llega la hora de comer, Jacobo reconoce que se lo está pasando bien con el niño.

—¿Y ahora? ¿Qué quieres hacer? —pregunta Piluca, que ha recuperado su turno a primera hora de la tarde.

—Quiero ver El Bebé Jefazo en la tele.

Piluca se sienta junto al niño y lo escucha reír con las aventuras del Bebé Jefazo. No sabía que su hijo tuviera una risa tan contagiosa.

—¿Qué hacemos ahora? —pregunta Jacobo.

—Quiero preparar galletas.

Esa noche, Jacobo y Piluca entran en la habitación del niño para darle las buenas noches.

—Me llamo Alberto, les dice cuando están a punto de salir.

Ambos se miran sin saber qué responder.

Durante las siguientes semanas de confinamiento, Piluca y Jacobo pasan tiempo con Alberto. Han descubierto que se divierten con él, que es muy listo y que, aunque a veces se enfada y tiene rabietas, cada vez son más controlables.

Hoy, los tres ven juntos las noticias:

PARECE QUE LA PANDEMIA LLEGA A SU FIN, es el titular del día. PRONTO SE LEVANTARÁ EL CONFINAMIENTO.

Por la tarde, Piluca y Jacobo trabajan un par de horas mientras Alberto se entretiene solo, sin destrozar nada.

—¿A qué jugamos hoy? —le preguntan cuando cierran sus ordenadores.

—A que el coronavirus dura siempre —responde Alberto.