EL PISITO

Al Sospe, al Piro, y al Bipo les ha tocado vivir esta pandemia juntos. Llevan un año compartiendo piso.

—Tíos, he encontrado un pisito libre de puta madre en el barrio. Tiene cuatro habitaciones y salimos a muy poca pasta cada uno. ¡Va a ser la hostia, todo el día de juerga! Aunque igual es una mierda y nos aburrimos como morsas. O lo pasamos de muerte. O nos odiamos y no nos dirigimos la palabra, o…

—¿Tiene cocina de gas o es vitro? Me gustan las cocinas de gas, con su llamita y su controlador de intensidad de fuego.

—¡Yo me apunto! Pero hasta que me conozcan los vecinos no me dejéis solo en la escalera o tendremos todo el día a la policía en casa.

—Vale, ¿y qué hacemos con la cuarta habitación?

La primera en ocuparla fue La Bajo.

—Bajo, ¿hoy tampoco te levantas?

—No, prefiero quedarme aquí tirada, en pijama, sin hablar con nadie. No me apetece hacer nada, solo escuchar música de cantautor y fumar.

Los chicos se reúnen.

—¡Como vuelva a encender ese mecherito le prendo el pelo!

—Vamos a darle una oportunidad, seguro que cuando la conozcamos bien descubriremos que es majísima. O igual es una bruja y nos amarga la vida. O, tal vez, sea súper divertida y nos descojonemos sin parar todo el día, o…

—Yo ya me he cansado de que se pegue a la pared cada vez que nos cruzamos por el pasillo y me implore que no la agreda.

La cuarta habitación se queda vacía.

Dos meses después llega El Fascis.

—Fascis, ¿Podrías bajar el volumen de tu despertador? Escuchar el himno de España a ese volumen a las 6 de la mañana me hace soñar que estamos jugando el mundial de fútbol y que lo vamos a perder, aunque igual lo volvemos a ganar y me da subidón, pero luego me acuerdo de lo difícil que es pasar de cuartos y me agobio soñando que nos eliminan, y luego…

Los chicos se reúnen.

—¡Como vuelva a colgar la bandera del aguilucho en el balcón, se la quemo!

—Y yo ya estoy agotado de que me cachee cada vez que entro en casa y me pregunte en qué bando estaba mi familia. Diga lo que le diga nunca me cree.

—Sí, es un poco extremista, aunque igual luego es un tío de puta madre y nos lo pasamos en grande con él, pero, bueno, también puede ser que sea un antipático y nos retire la palabra a todos, o a lo mejor es maravilloso convivir con él…

La cuarta habitación se queda vacía.

Tres meses después llega El Pertur.

—Pertur, ¿es tuyo el reloj que había en el baño?

—¡Trae para acá! ¡El reloj es mío, solo mío. Tan brillaanteee, tan precioosssso, mi tesoooooro!

Los chicos se reúnen.

—¡Como vuelva a decir que no nos conoce o a comer con los pies, le achicharro el relojito ese de los cojones!

—Bueno, tampoco es para tanto. Solo es cuidadoso con sus cosas y no quiere perderlas, aunque igual eso de comer con los pies es de psicópata asesino, pero no, cuando se nos queda mirando con el cuchillo en la mano lo que quiere es pelar naranjas para una magnífica macedonia, o, a lo peor, nos lo quiere clavar hasta el fondo, aunque…

—Y yo estoy harto de que quiera ser mi amigo y me suplique que le deje acompañarme cuando salga a buscar mi próxima víctima. Dice que quiere que yo sea su maestro.

La cuarta habitación se queda vacía.

Dos meses después viene El Yonki

—Yonki, ¿has vuelto a coger el papel de plata?

—¡Uno más, solo uno más, de verdad! ¡Uno más y lo dejo! ¡El último, de verdad, te lo juro, este es el último! ¡Cuando deje de movérseme la pierna lo dejo, de verdad!

Los chicos se reúnen.

—Oye, ¡y a mí que me relaja ver cómo quema el papel de plata!

—Pero le dará el mono y nos matará a todos, aunque igual deja las drogas y se vuelve trabajador y responsable y vivimos aquí con él de puta madre, o, quizás, se convierta en acordeonista para sacar dinero con el que comprarse las drogas y ensaye en casa y esto sea aún peor, aunque puede que lo toque de puta madre y esto sea una fiesta continua, o…

—Y yo me niego a que vuelva a registrar mis cosas en busca de heroína, cocaína, pastillas o cualquier mierda de esas. ¡El tío está convencido de que soy camello profesional! El otro día se me acercó para preguntarme si le pasaba unos cogollitos de marihuana a buen precio, por eso de ser compañeros de piso, de buen rollo.

La cuarta habitación se queda vacía.

Dos semanas después viene El Anar

—Anar, por favor, ¿podrías respetar las normas de la casa y echar la basura en el contenedor y no esconderla debajo de tu cama? El olor llega hasta aquí.

—Es que yo no soy partidario de las reglas que vosotros tres, como monopolio de fuerza de este piso, me estáis imponiendo. Estoy en contra de la autoridad social y a favor de la libertad del individuo, y si quiero tirar la basura en mi habitación, que es mi territorio, lo haré. Tapaos la nariz si os molesta, nadie os lo impide.

Los chicos se reúnen.

—Estoy hasta las narices de que sospeche todo el rato de mí y me diga que pertenezco a los Skinhead. Asegura no creerse que esto sea una calva de verdad. O que me llame comunista. O dictador de cualquier bando.

—Pues yo, como vuelva a cambiar de sitio los muebles del salón para oponerse al orden establecido le abraso su libertad individual.

—Seguro que al final nos vuelve a todo locos y esto es un caos, aunque puede que seamos felices y comamos perdices y todo sea maravilloso, pero lo más seguro es que sea una auténtica mierda todo, y…

La cuarta habitación se queda vacía.

A principios de marzo llega el Gafas

—Oye, pues de momento no va tan mal la cosa, aunque de pronto puede volverse horrible y ser nefasta la convivencia y morir todos, pero seguro que no, que va a ser genial.

—Sí, el tipo no me mira raro ni sospecha de mí, como hacen todos los demás. Lo que no entiendo es por qué le llaman el Gafas si no lleva gafas.

—Mmmm… a lo mejor se las han quemado.

—Os estoy oyendo y no me llaman El Gafas sino El Gafe. Y, por cierto, hace un par de minutos ha dicho Pedro Sánchez en la tele que entramos en confinamiento hasta nuevo aviso. ¡Ah! Y se acaba de romper la cisterna del baño.

Voz: Carmen Ramírez (Cadena Dial)