SAN ISIDRO

Todo empieza un día cualquiera.

Vas caminando tranquilamente por la calle, sin prisa. Disfrutas del paseo. Te fijas en la gente con la que te cruzas, en la cara de uno, en el pelo de otra y, de pronto, tu mirada se incrusta en el trasero del que camina delante de ti, justo delante. Y te das cuenta de que no puedes dejar de mirar la billetera que asoma por el bolsillo trasero de su pantalón.

Solo sobresale un poquito, lo suficiente para que puedas sacarla de su escondrijo con unas pinzas. Si es que tuvieras unas pinzas. Pero no las tienes. Solo tienes dedos. Y sin querer empiezas a acariciarte las yemas de esos dedos con el pulgar de cada mano, como si los prepararas para una misión muy delicada, delicadísima.

Continúas andando detrás de ese billetero; ya no recuerdas ni a dónde ibas. Tus pasos se adecúan a los de su propietario. Mantienes la distancia justa, la distancia perfecta. Examinas sus pasos: uno dos, uno dos, uno dos. Con ritmo, con cadencia. La billetera baila con sus movimientos, sigue el mismo compás que su dueño: uno dos, uno dos, uno dos.

¡Un escalón! Este paso es nuevo. La billetera pierde la rima y se escapa de su madriguera un milímetro más. Tal vez sean dos, quizás tres.

Otra vez acariciando la yema de los dedos.

Y la emoción saliéndosete por los poros.

No necesitas para nada esa billetera. Ni mucho menos lo que sea que guarde dentro. Pero debe ser tuya. ¡Tienes hacerte con ella! ¡Liberarla de su cárcel bolsillera!

Debes calmarte, controlar.

Aguantas la respiración mientras vigilas hasta el último átomo que te rodea. Y es entonces cuando estiras el brazo y mueves ágiles esos dedos que antes acariciabas.

La cartera en tu poder.

Un movimiento rápido y la guardas en el bolsillo. Con chulería. Y, con indiferencia, abandonas la escolta de esos pasos acompasados hasta perderlos en la siguiente esquina.

Ahora sí, ahora dejas que el corazón lata tan fuerte que electrifica la sangre que te recorre las venas.

Y sabes que ya no hay remedio.

Sabes que no vas a parar.

Nunca.

Con el tiempo te especializas, te conviertes en un experto. Aprendes a liberar carteras de bolsillos internos de chaquetas cerradas, de bolsos, de abrigos… De todas partes.

Las acechas. Las hueles a distancia, como si fueran costillas dorándose en una barbacoa.

Son tu alimento.

Desde que comenzó este virus que te ha encerrado en tu propia casa, lo único que has podido hacer para paliar el hambre es contemplar tus trofeos. Ordenarlos y reordenarlos. Por calles, por fechas, por horas. ¡Hay tantas calles, tantas fechas y tantas horas!

Calle Hermosilla, 25 de abril de 1990, 18:30 horas. Primera cartera. Sí, la de aquel chico, la recuerdas bien. La guardaba en el bolsillo trasero de los vaqueros. Las manos te tiemblan al sacarla de su archivo más que cuando lo hiciste de aquel bolsillo. Su interior intacto. Como todas.

Puerta del Sol, 1 de enero de 1992, 00:15 horas. Billetera de un muchacho norteamericano. Esta fue fácil, andaba borracho, abrazando a todo el mundo. ¡Ay, cuando se podía abrazar!

Plaza Mayor, 20 de mayo de 1994, 19:30 horas. La de un caballero vestido con traje de chaqueta claro y sombrero panamá. Destilaba elegancia mientras cruzaba la Plaza desde la calle de la Sal hasta Arco de Cuchilleros, donde lo interceptaste. «¡Perdone, caballero!» Un solo toque y la billetera cambia de bolsillo.

Gran vía en otoño del 96 a media tarde, Alcalá una mañana de invierno en el 98, El Retiro un verano cualquiera, La Cuesta de Moyano, Atocha, Embajadores, Bailén, Fuencarral, La Latina, Chueca, Malasaña, Santa Ana, El barrio de Salamanca… Madrid al completo, desde el 90 hasta el 14 de marzo de 2020.

¿Qué ha pasado con el resto de marzo? ¿Y con abril? ¿Y con los quince primeros días de mayo? Lo has intentado, sabes que lo has hecho. En la farmacia, en el supermercado, en el banco. Poca gente, difícil. Acechas el entorno, localizas billetera, te acercas. Miradas repelentes. «¡No te arrimes!»

El desconsuelo.

Continúas examinando tu botín, tan ordenado, tan completo.

Todas las horas, todas las fechas. Excepto una. No hay ninguna billetera fechada un 15 de mayo.

Ese día te vistes de chulapo y te alimentas de Madrid, de sus calles, de su gente. No necesitas más.

Y, por fin, sabes lo que vas a hacer a partir de ahora, cuando desescales las fases y alcances esa nueva normalidad de la que todos hablan. Una normalidad donde estará mal visto el acercamiento físico, donde no podrás alimentarte de billeteras.

Abres el armario y buscas tu traje. Ahí está. Te vistes con el chaleco corto y estrecho; clavel en la solapa. Tus pantalones oscuros y ajustados, la gorra de pequeños cuadraditos, botines relucientes y pañuelo blanco al cuello.

Para sobrevivir el resto de tu vida a lo que nos deje esta pandemia, solo te queda asentarte en un San Isidro perpetuo.

¡Viva San Isidro!

Voz: Carmen Ramírez (Cadena Dial)