EL INQUILINO

Anoche recibí este e-mail de Antonio, pero no lo he abierto hasta esta mañana:

Querido Luis,

¡Nunca te burles de las supersticiones! Yo me reía de todas ellas y mírame ahora, a punto de volverme loco si es que no lo estoy ya.

Te cuento.

Como bien sabes, hace poco menos de un año, decidí vender la casa en la que había vivido los últimos 30. Tuve suerte y, en solo un mes, conseguí colocar a muy buen precio el enorme chalet a las afueras de Madrid donde mi mujer y yo criamos a nuestros hijos. Desde que murió Cris, lo sentía vacío. Era demasiado casoplón para mí solo. Muy apartado y lejos de todo, y yo ya no estoy para coger el coche a todas horas.

Siempre había querido vivir en el centro de la ciudad, así que comencé mi búsqueda por las calles aledañas a la Gran Vía.

Menudo chollo, me dije al ver el anuncio en el periódico: Céntrico apartamento en dos alturas, 70 metros cuadrados, orientación sur. Precio negociable.

Me gustó nada más verlo. Es cierto que el piso se encontraba algo deslucido, pero sería fácil realizarle un lavado de cara con solo unas pequeñas obras.

—¿Por qué este precio tan barato? —le pregunté al vendedor de la agencia.

—La vivienda pertenecía a un hombre soltero y sin hijos. Lo heredaron los sobrinos y ha costado mucho que se pusieran de acuerdo para venderlo. Ademas… además el propietario murió aquí. Tardaron cuatro meses en encontrarlo; imagine cómo estaba el cuerpo. Y, bueno, ya sabe, hay quien cree que eso devalúa los inmuebles—me explicó—. Ya veo que usted está por encima de esas naderías, pero tenía que contárselo. Es lo primero que harán los vecinos —añadió con un gesto de suficiencia.

Le mostré toda mi dentadura en una sonrisa socarrona con la que quise compartir mi escepticismo por esos temas. Jamás pensé que la superstición de la gente me ahorraría tantos miles de euros.

—¡Me lo quedo!—le dije en cuanto terminamos la visita.

Fue la peor decisión de mi vida.

Durante las siguientes ocho semanas, una cuadrilla de obreros se dedicó a cambiar el suelo, reformar los baños y la cocina, renovar las puertas y ventanas, retirar el gotelé y pintar toda la casa.

Trabajaban rápido, como si quisieran acabar cuanto antes. Supuse que tendrían encargadas más obras y que de ahí venía la premura.

—Esta casa tiene algo raro —me dijo en una ocasión uno de los operarios.

—¿A qué se refiere? —pregunté temiendo que me indicara la necesidad de ampliar las obras.

—A nada en especial, es solo una sensación, ya sabe.

Imaginé que habría hablado con alguno de los vecinos y que le habrían puesto al corriente de la suerte del último inquilino del apartamento. No debía ser muy listo si daba crédito a semejantes tonterías.

Recuerdo que me mudé un viernes de finales de julio y ese mismo fin de semana me invitasteis a vuestra casita de la playa. Regresé el domingo a las once de la noche. Agotado por el viaje, dejé la maleta en mi habitación y me metí en la cama. Un terrible olor me despertó de madrugada. El calor me había obligado a dormir con las ventanas abiertas, así que lo achaqué al bochorno sobre el asfalto, tan diferente a la frescura del bosque que rodeaba mi anterior domicilio.

No le di importancia.

Durante los primeros meses jamás ocupé el apartamento más de quince horas seguidas. Ya sabes que viajo mucho por trabajo y no me gusta estar solo, así que, cuando me encuentro en Madrid, intento salir de casa y ver a mis hijos, a vosotros, o al resto de amigos lo más posible.

El olor pestilente me acompañó en alguna otra ocasión, incluso ya empezado el mes de diciembre, cuando las ventanas que dan a la calle permanecían cerradas. Supuse que se debería a un problema con la bajante general del edificio, que ya tenía sus años. Lo anoté para comentarlo en la siguiente reunión de vecinos.

Algunas mañanas encontraba la luz del salón o la del baño encendidas y me reprendía a mí mismo por haber olvidado apagarlas. Otros días, era el extractor de la cocina lo que había descuidado.

Nada que me llamara especialmente la atención. Pensé que empezaba con problemas de memoria. A nuestra edad ¿quién no los tiene? Sí, ya sé que hasta hoy no te he contado nada, pero es que me daba vergüenza. ¡Aun me cuesta creer que todo esto me esté sucediendo a mí!

Todo continuó de manera más o menos normal hasta que se inició el confinamiento. La primera noche tuve unos sueños extraños. Soñé que, mientras yo dormía en mi habitación, alguien deambulaba por la casa.

Unos días después, al levantarme por la mañana, encontré el asiento del sofá hundido, como si alguien se hubiera sentado en él durante horas. Justo delante, sobre la mesita, encontré una de las mejores botellas de mi bodega abierta y una copa de vino usada. Intenté recordar si había sido yo mismo quien había estado bebiendo. Tal vez lo hice tanto que ya no recordaba mi hazaña. Pero no, tan solo faltaba media copa.

Esa misma tarde, el grifo de la cocina comenzó a chorrear. Lo cerré y comprobé que no fuera una fuga. A los diez minutos volvió a suceder, el agua salía a borbotones. Lo cerré de nuevo y corté la llave de paso. Comprobé todos los grifos de la casa y los afiancé con una llave inglesa. Di de nuevo el agua y me senté a leer.

Dos días después tuve que ir al supermercado. Tardé solo treinta minutos. Cuando volví a entrar en el apartamento, todos los grifos de la casa estaban abiertos. Menos mal que llegué a tiempo de cerrarlos antes de que provocaran una inundación.

Un día después regresó el olor y comenzaron los pasos. Sí, los pasos. Los escuchaba venir hacia el salón desde la entrada. Luego desaparecían y, al rato, volvían a empezar.

Todas esas cosas, y algunas más, se han ido sucediendo casi a diario desde que comenzó esta larga la cuarentena.

Hoy, unos minutos antes de que me decidiera a escribirte este e-mail, los grifos de la casa han vuelto a abrirse con fuerza. El agua que caía se iba calentando con rapidez. Los cristales se han empañado en menos de un minuto y, antes de que pudiera hacer algo, en todas ellos se ha vislumbrado una frase:

Acabarás como yo: muerto y solo

Luis, sé que no me creerás, pero el último inquilino de este apartamento sigue todavía aquí, conmigo. Tal vez estoy loco, tal vez este encierro me ha arrastrado a la demencia, pero te juro que lo siento a mi lado. Y no me dejará marchar. Ha bloqueado la puerta y las ventanas. No tengo escapatoria.

¡Por favor, amigo, necesito ayuda! Tanto si estoy loco como si no, la necesito.

Un abrazo

Antonio.

En cuanto he leído el mensaje he telefoneado a mi amigo. El móvil al que llama se encuentra apagado o fuera de cobertura.

He marcado con rapidez el número de su teléfono fijo y, tras ocho timbrazos, por fin alguien ha descolgado.

—¡Antonio, Antonio! ¿Estás bien? —he preguntado.

Solo se oía un doloroso silencio. Rompiéndolo he repetido a gritos:

—¡Antonio! ¿Eres tú?

Entonces, una voz aterradora, recóndita, desarrapada, una voz opaca y desconocida ha dicho:

¡Antonio ya no está!

Voz: Carmen Ramírez (Cadena Dial)