CONFINADA CON MI MALTRATADOR

Si esto sigue así, las vecinas no tardarán en llamar otra vez a la policía.

Que deje de gritar, por favor. Que deje de gritarme. Ya no aguanto más.

Al menos no me pega. Pienso en otras mujeres, en las que sí reciben golpes y también cumplen esta interminable condena con su maltratador. No será el coronavirus quien acabe con ellas.

El otro día hablaron de nosotras en el telediario. Otra vez de nosotras. En lugar de hablar de ellos. Son «hombres maltratadores», que dejen de repetir «mujeres maltratadas» de una puta vez. Cada vez que lo oigo me siento responsable de que el cabrón de mi marido me insulte siempre que abre la boca.

¿Qué pasa, culo gordo? Me dice en tono de broma.

Culo gordo.

Y yo me callo.

Desde que empezó el confinamiento me callo siempre. Sabe que odio que me llame culo gordo. Si antes de estar encerrados en estas cuatro paredes se me ocurría decirle que no me llamara así, que me molestaba, comenzaba a burlarse primero, a hacerse la víctima asegurando que lo utilizaba en plan cariñoso y que yo le daba la vuelta a todo después, y a insultarme como un auténtico energúmeno al final.

La casa en la que vivimos es mía, la heredé de mis padres. Hace unos años, cuando mis hijos todavía eran unos niños, me decidí a denunciarle. Yo ya no podía más, las vejaciones eran constantes. Y las violaciones. Porque ninguna queremos acostarnos con un tipejo que nos trata como si fuéramos una mierda. No dices que no, sabes que dará igual y que será incluso peor. Simplemente te dejas hacer.

Aquella vez, después de estrellar contra la pared la comida que le había preparado y de obligarme a recoger el estropicio mientras me jaleaba llamándome de todo, cogió un trozo del plato roto y me lo acercó al cuello. Juro que creí que iba a matarme. En lugar de eso, me escupió en la cara y salió por la puerta de casa dando un portazo y mascullando improperios.

Cinco minutos después llamaron al timbre del telefonillo. Era la policía. Una vecina había dado el aviso. Me animaron a interponer denuncia y me dijeron que recogiera lo necesario. En menos de una hora, los niños y yo estábamos fuera de casa.

De nuestra casa.

De mi casa.

Mientras él, el «hombre maltratador», disfrutaba de todo lo que era nuestro, de lo que era mío. Pero la «mujer maltratada» soy yo, así que es a mí a quien le tocó dejar todo atrás y esconderse.

Duré un mes.

Un mes en el que no salí apenas del centro de acogida donde convivía con otras madres como yo y otros hijos como los míos. Otras «mujeres maltratadas».

Mantienes la vida, pero lo pierdes todo. Pierdes tus calles, tus encuentros cotidianos, tus caras conocidas, tus tiendas de toda la vida, tus amigos… y tu dignidad. Porque mientras tú estás alejada de todo lo tuyo, él que te maltrata sigue disfrutando de todo lo vuestro.

Es al final, cuando tus hijos lloran porque han perdido sus cosas y a sus amigos, cuando te rindes y vuelves a encerrarte con tu maltratador.

Lo que nunca piensas es que tu encierro será tan real como este.

He dejado de salir al balcón a aplaudir. Las vecinas no son tontas. Oyen lo que pasa dentro de mi casa a través de las paredes. En cuanto nos ven aparecer me sonríen. Quieren que sepa que están ahí, y que no van a dejar que este hijo de puta acabe conmigo. Y yo se lo agradezco, pero él también ve sus gestos y, en cuanto entramos, me insulta y me acusa de ir soltando mentiras sobre él a las vecinas.

Sé que podría volver a marcharme y abandonar otra vez todo lo mío. Y esta vez sí sería todo. Mis hijos adolescentes no pasarán la cuarentena fuera de su casa. No perderán sus cosas. Y no los dejaré aquí, con él.

Menos mal que sale todos los días. Que si a tirar la basura, que si al súper, que si a la farmacia… Y no vuelve pronto, no. Mejor.

No debería salir a nada. Es diabético y está dentro de los grupos de riesgo.

Pero sale.

No seré yo quien le diga que no lo haga. Es el único momento del día en el que me siento segura en mi propia casa. En cuanto regresa, me escondo en la habitación e intento pasar desapercibida.

Al principio tenía miedo de que se contagiara de este maldito coronavirus y nos lo transmitiera a los niños y a mí. Pero ahora estoy deseando que lo pille. Soy una mujer sana y todavía joven, y los niños… Los niños no lo sufren como los mayores.

¡Oigo las llaves! ¡Ya vuelve!

Me meto en la habitación. Empiezo a cambiar las sábanas de la cama. Si entra en nuestro dormitorio es mejor que me encuentre haciendo algo, que me vea limpiando.

¡Escucho sus pasos por el pasillo! ¡Viene hacia aquí!

Tose.

¡Por Dios, que no me vea sonreír!

Voz: Carmen Ramírez (Cadena Dial)