TURNO DE OFICIO

22:00 horas del viernes 17 de abril de 2020.

Comienza el turno de oficio.

Alberto mira su móvil convencido de que no sonará. ¿Quién va a delinquir durante la cuarentena? Bah, seguro que a nadie se le ocurre hacer ninguna gilipollez estos días.

La primera gilipollez le llega a las 3:35 de la madrugada del 18 de abril de 2020.

—Buenas noches, le llamo de comisaría. Le acabo de enviar la denuncia pertinente a su correo electrónico pero ya sabe que, con esto del coronavirus, el procedimiento ha sufrido cambios, así que le pongo en antecedentes y le paso después con sus clientes. Se trata de una pareja, hombre y mujer, de 37 y 35 años respectivamente, a los que hemos encontrado efectuando un butrón hace tan solo media hora. Parece ser que, desde el inicio del confinamiento, la pareja había ocupado de forma ilegal un local vacío adyacente a una tienda de móviles, y no se les ha ocurrido nada mejor que realizar un boquete en la pared y sustraer 32 teléfonos móviles de gama alta. Hemos acudido al lugar de los hechos tras la llamada de varios vecinos del edificio que, alertados por los golpes de martillo, han dado la alarma.

—Gracias, pásemelos.

—¿Sí?

—Buenas noches, soy su abogado de oficio. ¿Han escuchado todo lo que me ha relatado el agente de policía que se encuentra ahí con ustedes?

—Sí.

—¿Y están de acuerdo?

 —Bueno… Sí. Pero hasta hoy no habíamos tocado nada. Es más, no hacíamos ningún ruido para que los vecinos del edificio no nos oyeran y llamaran a la policía —responde una voz de hombre.

—Y nos hemos esperado a que fuera de noche para martillear la pared y no molestar —añade una voz de mujer—, que sabemos que hay niños durmiendo.

—Ya —responde Alberto—. ¿Y no han pensado que ese tipo de ruidos, por la noche, se oyen con mayor intensidad?

—Anda, pues es verdad.

—Vamos a hacer una cosa: no declaren nada más; ya lo harán el domingo ante el juez —dice Alberto antes de colgar y pensar que igual el coronavirus no afecta solo a los pulmones.

La segunda gilipollez aparece a las 08:48 de la mañana del 18 de abril de 2020

—Le llamo de comisaría, ya sabe. Tenemos aquí a un joven de 26 años que ha ido recorriendo la calle con una maza y rompiendo los cristales de los coches aparcados en ella para robar lo que se encontrara en el interior. Le hemos detenido en el momento en el que golpeaba las ventanillas de un Seat León. Llevaba en las manos varios objetos sustraídos de los vehículos anteriores. El aviso lo han dado varios vecinos, alertados por los ruidos de cristales rotos. Le paso con su cliente quien, por cierto, tose mucho y presenta descomposición.

—Buenos días, soy su abogado de oficio. ¿Ha escuchado todo lo que me ha relatado el agente de policía que se encuentra ahí con usted?

—Sí.

—¿Y está de acuerdo?

—Sí, bueno… Con todo menos con la descomposición. Estoy entero, solo me voy cagando por todas partes.

—Vamos a hacer una cosa: no declare nada más; ya lo hará el domingo ante el juez —repite Alberto antes de colgar y pensar, cada vez más convencido, que el coronavirus nos está haciendo más daño del que pensamos.

La tercera gilipollez entra a las 12:23 del mediodía del 18 de abril de 2020

—Hola, buenos días. Le comento: su cliente ha sido detenido en un parque donde se encontraba, junto a otros cinco individuos, todos ellos de edad semejante a la del detenido, 80 años. Estaban realizando un botellón en toda regla, ya sabe, con música procedente de sus teléfonos móviles a muy buen volumen, con lo que aún molestaban más a los vecinos de las viviendas colindantes, y varias botellas de alcohol que su cliente había sustraído minutos antes de un supermercado cercano. Han sido los trabajadores de dicho supermercado quienes han dado la alarma. Le paso con su cliente.

—Buenos días, soy su abogado de oficio. ¿Ha escuchado todo lo que me ha relatado el agente de policía que se encuentra ahí con usted?

—Sí.

—¿Y está de acuerdo?

—Sí, pero teníamos puesto a Manolo Escobar y eso no puede molestar a nadie.

—Vamos a hacer una cosa: no declare nada más; ya lo hará mañana ante el juez —explica Alberto antes de colgar y empezar a pensar que igual el coronavirus no es el culpable de tanta insulsez.

La cuarta y última gilipollez de la guardia surge a las 19:46 de la tarde del 18 de abril del 2020.

—Buenas tardes, letrado; le pongo en antecedentes: hemos detenido a su cliente, varón de 28 años, conduciendo un vehículo sin estar en posesión del carné que habilita a ello. El vehículo ha sido interceptado al estar ocupado por un número mayor de personas adultas de lo que exige el estado de alarma, ya que el detenido iba acompañado por su suegra y su cuñado. Al preguntarles, han explicado que se dirigían al hospital veterinario en el que está ingresado el gato familiar, que, según ellos, padece cáncer e iba a recibir su sesión de quimioterapia. Insisten en que el gato lo pasa muy mal en esas sesiones y que solo se calma si ellos tres lo acompañan en ese trance. Le paso con su cliente.

—Buenas tardes, soy su abogado de oficio. ¿Ha escuchado todo lo que me ha relatado el agente de policía que se encuentra ahí con usted?

—Sí.

—¿Y está de acuerdo?

—Sí, bueno… El gato con mi suegra no se calma, pero a ver quién se atreve a decirle que ella no viene, ya me entiende.

—Vamos a hacer una cosa: no declare nada más; ya lo hará mañana ante el juez —dice Alberto antes de colgar convencido de que el coronavirus es malo, pero, visto lo visto, no es lo peor que nos puede pasar.

Basado en hechos reales.

Voz: Carmen Ramírez (Cadena Dial)