EL REPOSTERO

Nicolás es muy goloso, siempre lo ha sido.

Cuando era pequeño, su madre le perseguía por toda la casa para sacarle de la boca cualquier cosa que llevara azúcar. No podía parar de engullirlas.

Si venía de visita su tía Pili y traía una caja de galletas Cuétara, él no se alejaba ni de su tía y ni de la caja hasta haber acabado con la última migaja. Si alguien le invitaba a un cumpleaños, él no podía evitar meter el dedo en la tarta ni hurgar en la piñata que colgaba del techo hasta hacerse con el último de los caramelos. Si venía visita a casa y su madre sacaba café, él se sentaba en el suelo, junto a la mesita y, uno a uno, iba acabando con todos los terrones de azúcar.

Su madre dejó de traer dulces a casa.

—¡Un día vas a explotar! —le gritaba mientras le perseguía para arrebatarle el bote de Nocilla que se estaba comiendo a cucharadas.

Y a Nicolás no le quedó más remedio que preparárselos él mismo.

—Un poquito de leche, un par de cucharadas de cacao, unas cuantas avellanas… ¡y mucha azúcar!

Para cocinar se encerraba en el cuarto trastero que su familia, al igual que el resto de vecinos del edificio, tenía en el sótano. Allí su madre guardaba un viejo horno y un congelador.

En pocos meses, Nicolás aprendió a elaborar exquisitas galletas, bizcochos, bombones, mousses, helados… ¡Incluso gominolas! Y lo mejor de todo: podía comer sin que nadie le prohibiera hacerlo.

Hasta que lo pillaron.

—Eres un adicto al dulce —le dijo la psicóloga cuando a, los 12 años y tras superar los 150 kilos de peso, su madre lo arrastró hasta la consulta—. Lo único bueno es que, al llevar tanto tiempo encerrándote en espacios pequeños para preparar dulces y consumirlos, has desarrollado un TOC (Trastorno Obsesivo Compulsivo). Podrás evitarlo siempre que te encuentres en lugares amplios, por supuesto mucho mejor en la calle que en casa. Cuando estés en ella, deja las puertas y ventanas abiertas. Solo así te librarás de esta terrible adicción. Y no te preocupes, conseguirás recuperar tu peso y llevar una vida normal.

Después, esa misma psicóloga le ofreció unas cuantas sesiones de hipnosis para afianzar el tratamiento.

Desde ese instante, Nicolás vivía más en la calle que en su casa. Corría, saltaba y hacía deporte. Nunca relacionó el dulce con el aire libre, así que, poco a poco, fue bajando de peso. Creció, fue a la universidad y encontró trabajo. Las puertas de su casa seguían siempre abiertas, al igual que las ventanas. El TOC parecía haber desaparecido. Solo percibía una pequeña desazón cuando subía en ascensor o viajaba lejos de las ventanillas.

A finales de febrero cumplió 35 años y sus padres le sorprendieron con un regalazo: el primer mes de alquiler de un diminuto apartamento interior a tres manzanas de distancia.

—Ya es hora de que tengas tu propio hogar, hijo mío, ya es hora —le dijo su padre—. Y de que, si necesitas cagar con la puerta del baño abierta, ese sea tu problema y no el nuestro.

El 1 de marzo le ayudaron con la mudanza. Ese mismo día, cerraron todas las ventanas de su domicilio y bajaron el termostato de la calefacción.

Durante los primeros 15 días, Nicolás se sintió extraño en los 50 metros cuadrados de su nuevo apartamento, pero lo achacó a la novedad. Pasaba poco tiempo en él. Entre el trabajo y sus tres horas de deporte diario corriendo por las calles, se le iba el día casi por completo.

La única y diminuta ventana del apartamento siempre abierta.

El problema llegó con el confinamiento.

—¿Qué es esto que me ocurre? —se preguntaba cada vez que abría la nevera sin saber qué estaba buscando dentro de ella.

En la primera visita al supermercado, sus pies le condujeron al pasillo del chocolate. Tomó una tableta de chocolate negro para fundir, otra de chocolate con leche y otra de chocolate blanco. Poco después se vio en la zona de las galletas y escogió un paquete bien grande, luego llenó el carro con huevos, leche, harinas, levaduras, azúcar y un montón de ingredientes que ni siquiera podía recordar para qué servían.

Al regresar a casa, cerró la ventana y se puso a cocinar.

Las recetas salían de su cabeza como si hubieran estado siempre ahí, ocultas en un libro de repostería olvidado.

Elaboró un bizcocho, un flan, una tarta de la abuela, y otra de tres chocolates.

Se relamía mientras las engullía todas a la vez. Una cucharada de aquí, otra de allí… Mezclando sabores.

¡Necesitaba más recetas!

Buscó en internet y acabó en Pínterest.

¡Horror!

La cantidad de fotografías y explicaciones sobre diversos postres y dulces le proporcionaron tal emoción que su ojo derecho comenzó a abrirse y cerrarse en un guiño doble cada cinco segundos.

Bajó de nuevo al supermercado e hizo acopio de todos los ingredientes que pudo encontrar en los estantes mientras guiñaba el ojo a todos los clientes con los que se cruzaba.

Durante los siguientes días se alimentó de tartas de queso, de café, de zanahoria, hojaldres rellenos de crema pastelera, tortitas con dulce de leche, brownie de limón, crema catalana, pudings, muffins, mousses e, incluso, alfajores.

El placer que le proporcionaban los sabores en los que se había sumergido por completo le regaló un nuevo tic y cada diez segundos chasqueaba la lengua por el lado izquierdo de la boca a la vez que realizaba una mueca extraña con la que estiraba los labios y arrugaba la nariz.

Cuando las cremalleras y botones de la ropa dejaron de realizar su función, contrató a un vecino para que le subiera del supermercado todo lo necesario y continuar con su obsesión. El vecino le dejaba las bolsas en el felpudo y llamaba al timbre. Al principio esperaba a dos metros de distancia a que Nicolás abriera la puerta, pero tanto guiño y tanto chis-chis, unidos a la bragueta abierta y el pecho lobo a medio asomar, hicieron que depositara la compra frente a la puerta del apartamento de Nicolás y, pasados unos minutos, le enviara un mensaje indicando que ya la tenía allí

Nicolás se ha convertido en el mejor repostero y degustador de dulces del mundo y se siente feliz por ello. Ha tenido que encargar ropa nueva por internet de una talla que no sabía ni que existía, pero ha encontrado una nueva misión en su vida: endulzar la de los demás.

Hoy, por fin, levantan el confinamiento.

Nicolás se viste con su nueva ropa talla XXXXXXXL y se dispone a bajar a la calle.

Abre la puerta e intenta salir de frente. No, mejor de lado. Tal vez del otro lado…

—¡Por favor! ¡Que alguien me desencaje de aquí!

Voz: Carmen Ramírez (Cadena Dial)