Donde las calles no tienen nombre (primeros capítulos)

Prólogo

Nunca imaginé que las astas de un toro cambiarían tanto mi vida.

Entré con la cabeza bien alta y me situé en el centro de la sala, donde esperé el momento apropiado para lanzarme. En mi mano derecha mantenía el papel con la dirección del lugar en el que quería comenzar de nuevo, donde nadie vería aquella etiqueta que me habían obligado a llevar expuesta en el sitio más visible de mi delgado cuerpo y que me señalaba como una persona débil. Yo misma me la había arrancado de cuajo pocos días antes. Todavía me dolía la herida y,  de vez en cuando, me sangraba un poco…

No, no quería a nadie cerca que pudiera levantarme la costra, ni nada que me impidiese desaparecer.

A mis treinta y cinco años cumplidos y después de esa última gota que desbordó el vaso de mi vida, lo único que me quedaba por hacer antes de perder completamente la dignidad era renacer de nuevo en cualquier otra parte del mundo, y para eso ni siquiera era necesario desplazarme demasiado.

Papá y Gonzalo estaban muertos, y cada vez que miraba los ojos de mi madre, un nudo en la garganta me decía que no habían sido meros accidentes.        

Capítulo 1

—Buenos días —saludé acercándome a la agente inmobiliaria en cuanto el  hombre de pelo oscuro con el que llevaba discutiendo más de veinte minutos se levantó con cara de haber conseguido el chollo de su vida—, soy María González.

Mi voz se quebró levemente y pensé que se me notaba la mentira, que todos los presentes se habían percatado de que esa no era mi verdadera identidad.

Pero sí lo era.

—Hablé con usted, o con alguna compañera suya, hace dos días para confirmar que nos quedábamos con el ático. Soy de la galería GalArt —esta vez mi tono fue convincente.

—Sí, por supuesto. La estábamos esperando —respondió la agente sin apenas levantar la vista del montón de fotos y papeles que intentaba reorganizar sobre su mesa. Por su gesto supe que no había quedado tan satisfecha con la transacción que acababa de realizar como su cliente—. Tengo aquí la llave. Si se espera un momentito, la acompaño para que se instale —añadió, echando un vistazo a la pequeña maleta con ruedas que mantenía a mi lado.

Cinco minutos más tarde salimos de la inmobiliaria y nos subimos a un pequeño coche repleto de adhesivos publicitarios de casas de ensueño que estaba aparcado en la puerta. Recorrimos rápidamente la ciudad hasta llegar a la dirección en la que se encontraba la vivienda que, días antes, había alquilado en nombre de mi galería de arte a través de internet.

—Como verá, esta es una ciudad pequeña pero tenemos de todo —explicó la agente mientras conducía con habilidad por las estrechas calles—. ¿Había estado usted aquí antes?

—No, nunca —mentí mientras miraba por la ventanilla intentando ubicarme.

 Era todavía una niña cuando acompañé a mi padre en aquel viaje de negocios que cambió la vida de toda la familia. Y mi madre odiaba el lugar. Nunca me buscaría allí, podía estar tranquila…

Doblamos una esquina y salimos a una avenida ancha por la que bajamos a buena velocidad. Nos estábamos alejando del centro y las calles se habían tornado mucho más tranquilas.

—Ya hemos llegado —anunció la agente mientras tiraba con fuerza del freno de mano.

Era el tipo de mujer que yo envidiaba, de las que controlan todo lo que las rodea. Bajamos del coche y nos dirigimos al portal de un edificio adornado por un pequeño jardín privado en el que se adivinaba una piscina. La agente sacó de su bolso un juego de llaves que no tuvo que usar, pues dos hombres salían por la puerta en ese mismo momento. Ambos le dedicaron una mirada de admiración. Ni siquiera se percataron de mi presencia.

La casa era bonita, tal y como la había imaginado durante años. Estaba completamente amueblada. Reconocí el toque de mi padre en algunos detalles, en especial en los cuadros. Había invertido una pequeña fortuna en obras de arte, todas ellas de mi gusto.

La agente de la inmobiliaria me iba abriendo paso a las diferentes habitaciones, comentando lo que podía encontrar en ellas.

—Si se parece usted a mí, estará deseando que la deje sola para averiguar por sí misma lo que le estoy contando —dijo sonriendo una vez recorrido el piso—. La dueña me confirmó que ya han llegado ustedes a un acuerdo con el contrato y las mensualidades. Como sabe, los honorarios de la inmobiliaria corren a cargo del arrendador, por lo tanto, mis funciones acaban aquí —añadió mientras recogía su enorme bolso, del que sacó unos papeles y un bolígrafo—. Fírmeme en este recuadro y habremos terminado. Le dejo mi tarjeta. Ya sabe, soy Lucía, llámeme si necesita algo.

Sonó un móvil dentro del bolsillo de su chaqueta y casi me echo a temblar. El tono de la llamada era el mismo que yo usaba hasta que, hacía unas horas, lo había dejado sobre mi mesilla de noche junto a una carta de despedida en la que pedía, por favor, que no intentaran encontrarme. Sabía que eso sería imposible pero también sabía que tardarían en buscarme allí donde había decidido comenzar de nuevo.

Cuando me quedé a solas, me recosté en la cama del único dormitorio de la casa y, sin darme cuenta, sonreí. Cerré los ojos, intentando esconder el recelo que en los últimos meses llevaba aferrado a la mirada, ese miedo que estaba dispuesta a liberar cuanto antes, descubriendo la verdad que lo provocaba.

Dejé pasar un par de minutos antes de elevar los párpados.

Comprobé con placer que lo único que veía al mirar por la ventana desde esa posición, tumbada en mi nueva cama, era el cielo. Estaba acostumbrada a los altos edificios con solera del barrio de Salamanca en Madrid que, como barrotes de una jaula dorada, me habían impedido divisar más allá. El horizonte que ahora se abría frente a mí consiguió suavizar la opresión de mi pecho.

Me incorporé y abrí la maleta. Todo el vestuario en su interior era nuevo. Las prendas todavía conservaban puestas las etiquetas. Fui colocándolas en cajones y perchas, comprobando lo poco que se parecían al estilo que había llevado hasta el momento. Sonreí de nuevo al descubrir que, muchas veces, me había imaginado a mí misma vestida con ese tipo de ropa, cómoda y casual, sin pretensiones.   

Durante muchos años, mi aspecto impecable no evitó que a primera vista fuera completamente invisible. Sabía que la gente tenía que mirarme tres veces para darse cuenta de mi presencia. Aunque después ya no pudieran olvidarme. ¡Eso me ponía de los nervios! Estaba harta de ese sentimiento protector que originaba a todo aquel que se me acercaba. Por eso siempre hice lo imposible por no llamar la atención, por pasar inadvertida. Soporté miradas de ternura y compasión, aguanté con resignación que me ocultaran las verdades. «Para no hacerle daño», decían, sin darse cuenta de que, cuando irremediablemente me enteraba de las cosas, el dolor era mucho mayor. Me encontraba con las amarguras a bocajarro, sin haber tenido tiempo para digerirlas.

Siempre me he considerado una mujer inteligente, aunque no me hubieran permitido demostrarlo. Sabía que poco a poco había perdido el control de mi propia vida, pero no fue hasta la extraña muerte de mi padre y mi posterior encuentro con Gonzalo cuando comprendí que la situación se me había ido de las manos.

Me crucé con Gonzalo unos meses atrás. Estaba mirando un escaparate cuando adiviné su imagen detrás de la mía.

—¿María del Pilar? —exclamó a mi espalda—. ¡Cuánto tiempo! ¡Estás igual! Veo que continúas moviéndote por este barrio.

El que no se parecía en nada al Gonzalo de mis recuerdos era aquel hombre situado a mi retaguardia. El cabello rizado y negro que tanto le gustaba engominar había desaparecido casi por completo. Los preciosos ojos azules estaban ahora escondidos detrás de unas gafas y el cuerpo atlético del que tanto presumía había pasado a ser el de un monigote rollizo.

Empecé a reírme por dentro  pero, tal y como me habían enseñado, no dejé que se viera desde fuera.

Es cierto que yo estoy igual, no aparento haber llegado a la treintena. En aquel momento, la ropa escogida junto a mi madre en las mejores boutiques de la calle de Serrano me daba un aspecto distinguido pero irreal. Me había acostumbrado a sentirme disfrazada, porque soy consciente de que, por mucho prêt à porter que mi madre se empeñe en colocarme encima, nunca llegaré a alcanzar la elegancia plena que, según ella, distinguía a los De Ayala, su familia paterna.

—Me alegro de verte —repliqué con sinceridad.

Hacía ya mucho tiempo que lo había perdonado, a pesar de que me era imposible olvidar que, con las invitaciones de boda a punto de ser enviadas y el traje de novia pendiente de los últimos retoques, me confesó por carta que estaba enamorado de otra y prefería compartir con ella el resto de sus días.

—He venido a recoger unas cosas de casa de mis padres. Mi hermana y yo hemos decidido venderla —parecía estar justificándose.

—Ha estado mucho tiempo vacía… Si ninguno de los dos vais a ocuparla, es lógico que la vendáis.

Crecimos en portales contiguos. Gonzalo estudiaba en el mismo colegio que mis dos hermanos y todos los días esperaban juntos la ruta escolar. Tal y como mi madre había dispuesto, cada mañana yo caminaba al lado de Javier y Fernando hasta la parada del autobús y luego seguía el trayecto hasta mi colegio, situado dos manzanas más allá.

Gonzalo era cuatro años mayor que yo y nunca me había prestado la más mínima atención hasta que, cuando empecé el bachillerato y él lo terminaba, tropezó conmigo una mañana y se me cayeron los libros al suelo. Mientras me ayudaba a recogerlos, noté que se fijaba en mi pelo. Dos semanas después llamó a casa por teléfono para pedir a mi hermano Fernando el libro de historia que había olvidado en clase. Yo le abrí la puerta cuando vino a recogerlo, y fue entonces cuando por segunda vez me vio de verdad y no pudo separar sus ojos de los míos.

La tercera vez fue un mes más tarde, cuando mis hermanos se pusieron enfermos y tuve que decirle en la parada del autobús que faltarían a clase. Entonces Gonzalo me contempló de arriba abajo, acercándose mucho a mi delgado cuerpo que empezaba a despertar, y ya no fue capaz de olvidarme.

—¿Y Verónica? Se llama así, ¿no es cierto?

El gesto de su cara se contrajo al escucharme nombrarla sin tapujos.

—Verónica ya no es parte de mi vida —contestó, bajando la mirada.

Sí, me alegraba de verlo.

Me alegraba al comprobar que, a pesar de todo lo que me repetía mi madre una y otra vez, era yo la que había salido ganando con aquel abandono.

—¡Lo siento! —exclamé—. No sabía nada. Desde que murió tu madre te perdimos la pista.

—Fue en su entierro, hace cuatro años, cuando nos vimos por última vez, ¿recuerdas? —su voz sonaba áspera—. Creo que nunca me perdonó que no llegara a casarme contigo.

—Bueno, no estoy yo tan segura de eso —resoplé, intentando templar el momento.

Conocía lo suficientemente bien a Gonzalo como para intuir que estaba tramando algo.

—Por cierto, sentí mucho lo de tu padre —añadió acercándose a mí, como si quisiera protegerme—. Me enteré por casualidad hace un par de semanas. Sé bien lo unidos que estabais.

—Ya, una pena, sí… —notaba cómo empezaban a temblarme las rodillas. No quería hablar de la muerte de mi padre, y menos aún con Gonzalo—. Bueno, tengo un poco de prisa. Me alegro de verte. Espero que para la próxima vez no dejes pasar tanto tiempo —dije cortés, dando por finalizada la conversación.

—¡No te vayas, por favor! —imploró él, cogiéndome por el brazo—. Me gustaría pedirte perdón por tantas cosas… Necesito hacerlo y creo que ya es hora.

Clavé mis ojos en los suyos y descubrí, a través de los gruesos cristales de sus gafas Dolce Gabbana, el azul chispeante que tantas veces lo había conseguido todo de mí. Recordé los doce largos años de noviazgo. Él había sido mi primer y único novio. Aquel muchacho, hijo de un notario, al que mi madre dio el visto bueno, me había hecho más daño que ninguna otra cosa en el mundo. Casi más que la muerte de mi padre.

—Tienes razón —contesté, recurriendo a las palabras que él solía dedicarme cuando pretendía consolarme—. Son muchos los pecados por los que debes pedirme perdón, pero estás equivocado en algo: el tiempo de hacerlo se te pasó hace siglos. No te preocupes, no te guardo rencor. Tal y como ponías en tu carta, Verónica era lo mejor que te podía pasar en la vida. Lo que en aquel entonces no pude ver como lo hago hoy es que también era lo mejor que podía pasar en la mía.

Conseguí soltarme de su mano, me di la vuelta y comencé a andar con firmeza calle abajo. Entré en casa sin reconocerme a mí misma y a punto estuve de soltar una carcajada.

¡Por fin había hecho caso a papá y había cogido el toro por los cuernos!      

Capítulo 2

Recorrí la casa, mi casa, estudiándola a fondo. Comprobé que, tal y como me habían indicado en la agencia, estaba completamente equipada. Todo era nuevo. Toallas y sábanas llenaban las baldas del armario del pasillo. Olían a suavizante. La vajilla, apilada en uno de los muchos armaritos de la amplia cocina, acababa de salir de su embalaje y estaba preparada para su uso junto a los vasos y los cubiertos. Contaba con doce servicios completos.

Revisé cada unos de los cajones y estantes mientras confirmaba lo que tenía para empezar de nuevo.

No faltaba ni un solo detalle.

Sabía bien que la propietaria del piso había dado instrucciones a la agencia inmobiliaria para que retiraran todos los objetos de uso diario y los sustituyeran por cosas a estrenar. Pero los muebles, libros y adornos seguían allí. Lo único completamente nuevo era la cama de la alcoba del piso superior. Usarla me parecía robar la intimidad de mi padre en el sitio en el que había conseguido ser feliz.

La dueña había elegido esa agencia por sus anuncios en internet, en los que aseguraban ofrecer un servicio personalizado, y no la habían defraudado. Nunca se vio en persona con ninguno de sus agentes, les hizo llegar las llaves a través de un mensajero y lo dejó todo en sus manos. Tenían fama de ser excelentes profesionales.

Y lo eran.

María del Pilar González de Ayala, dueña del ático en el que yo, María González, intentaría ser la mujer alegre y atrevida que mi padre se había empeñado en recordarme que yo llevaba dentro, había conseguido su primer objetivo.

Mi padre y yo mantuvimos ese secreto sin decírselo nunca a nadie.

—Escoge, cariño: bajo con jardín o ático con vistas al cielo —me preguntó una tarde en la que paseábamos solos por el parque del Retiro.

—El cielo, papá —respondí sin saber todavía a qué se refería.

Mis padres se conocieron cuando papá era un estudiante de medicina. El pobre se enamoró como un tonto y tuvo que pasar por más de un desprecio hasta conseguir que ella le correspondiera, pero mi madre siempre quiso dar la imagen de que no era así, deseaba que todos vieran lo mucho que él la quería y que entendieran su condescendencia al favorecerlo con la gracia de su cariño.

Siempre pensó que estaba por encima de él.

Era hija de militar y había sido educada para ser una dama y dejarse querer. El demostrar los sentimientos en público estaba mal visto. Le enseñaron que los demás debían hablar de uno con constante admiración, y esa máxima la había llevado a una vida triste. La misma que nos inculcó a sus tres hijos, en especial a mí.

Se mofaba de mi padre cuando, cada Navidad, se plantaba frente al televisor con su décimo de lotería en la mano.

—Solo los pobres participan en estos sorteos —decía sarcástica—. Espero que no te haya visto nadie comprándolo, pensarán que nos hace falta el dinero porque la clínica va mal. Empezarán a desconfiar de ti como médico y nos llevarás a la ruina.

—Que no, mujer —respondía él, acostumbrado a sus desplantes—, que es el que le compro todos los años a la peña de bedeles de la facultad de medicina. Ya lo hacía mi padre y no voy a dejar de hacerlo yo.

—Tu padre, tu padre… Mira cómo acabó. Atendiendo a clientes pobres que no podían pagarle.

—Pacientes —contestaba—, se llaman pacientes…

Javier y Fernando, mis dos hermanos, parecían estar encantados con la educación que regía nuestro hogar.

Por el solo hecho de haber nacido hombres tenían que ser tratados como reyes. Las mujeres con la suerte de ser elegidas para disfrutar la vida a su lado deberían ser auténticas señoras y dedicar su existencia a hacerles parecer excepcionales a los ojos del resto del mundo, como había hecho mi madre con su marido y como tendría que hacer yo con el mío.

—De todos es sabido que detrás de un gran hombre siempre hay una mujer excepcional, hija mía —me recordaba casi a diario—. Eso sí, jamás debe hacerle sombra…

Según ella, las esposas estaban obligadas a conseguir que sus maridos llegaran a lo más alto, aguantando cualquier cosa y evitando el escándalo a toda costa.

La primera vez que me enteré de que Gonzalo se había liado con una chica en una discoteca después de dejarme en casa antes de las once de la noche y continuar la juerga con sus amigos, como era su costumbre, mi madre habló con los dos en privado y estableció las reglas del juego.

—Hija mía, empezaré contigo —su voz, desde su sillón favorito, sonaba demasiado suave. Parecía una reina en su trono—. Conviene que comprendas cuanto antes que un hombre tiene una serie de necesidades que una joven decente no debe satisfacer nunca. Está claro que esa muchacha que se dejó hacer carece de tu clase y jamás será capaz de usurpar tu puesto. Gonzalo es un buen partido. No lo olvides nunca.

No era ese el consuelo que espera una hija.

—Necesita a su lado una mujer que sepa estar donde le corresponde y que mire para otro lado en determinadas situaciones. Desde luego, no a alguien que se deje llevar por los nervios y se deshaga en lágrimas ante el menor contratiempo.

El silencio de la habitación permitía escuchar con claridad el latir de mi corazón.

—Y tú, Gonzalo. Te hemos tratado como a un hijo y no deberías faltarnos al respeto de esta manera. Recuerda que un gran hombre jamás cuestiona la honorabilidad de su mujer. Que sea la última vez que sucede una cosa así delante de conocidos. Si de nuevo te ves obligado a realizar un acto de este tipo, espero que seas discreto y no pongas el nombre de mi hija, y el de esta familia, en entredicho.

Controlé una arcada al descubrir cómo iba a ser mi recién estrenada vida de adulta.

Vi como mi madre, dando por terminado el sermón, se levantaba del sillón desde donde nos había marcado las directrices y, acercándose a Gonzalo, lo besaba en la mejilla y lo miraba como quien reprende a un niño travieso.

A mí me clavó los ojos más severos.

—Confío en que los dos hayáis aprendido algo de esta terrible situación —añadió—, y espero que no comentéis con nadie que esta pequeña entrevista ha tenido lugar.

—No se preocupe, doña Pilar. Nadie lo sabrá y jamás volverá a ocurrir algo así, ya sabe lo mucho que quiero a su hija.

—No lo dudo, Gonzalo. Me preocupa más ella que tú. Espero haberle enseñado claramente cuál es su lugar… —sentenció, mirándome casi con desprecio. Antes de marcharse, concluyó—: Supongo que sabéis que esto no puede quedar así, demasiada gente se ha enterado de vuestro desliz.

¿Vuestro? ¿Cómo que vuestro? ¡El desliz había sido solo de Gonzalo, era él quien me había sido infiel! Apreté los puños para contenerme y no llorar de nuevo.

—Durante dos o tres semanas no se os va a ver juntos. Tú te quedarás en casa y tú aparecerás triste y arrepentido. Contarás a todos que le has pedido a María del Pilar una segunda oportunidad. Pasado ese tiempo, podéis salir a cenar o al cine. Que los demás sepan que os estáis viendo. Cuando llegue el momento, volveréis a quedar con todos vuestros amigos.

Puso la mano en el pomo de la puerta, pero antes de abrirla dio una última orden:

—No volveréis a tener relación con la chica que te vino con el cuento, hija mía. Arregláoslas para que deje de ser parte del grupo.

—¡Pero mamá, es Carmen, la novia del mejor amigo de Gonzalo!

—Pues le haréis un favor a ese joven. No le conviene una chismosa en su vida si espera ser alguien en este mundo. Y si va a codearse con vosotros, deberá serlo.

Las gotas en el vaso…